Paloma Díaz Mas, filóloga y escritora, visitó el pasado 8 de noviembre el instituto Valle de Camargo para impartir una conferencia a los alumnos de Bachillerato. El acto se enmarca en el programa ¿Por qué leer a los clásicos? incluido en el Plan de Fomento de la Lectura que subvenciona el Ministerio de Cultura. Su charla, muy amena, versó sobre un fragmento de El Cantar de Mío Cid y su influencia posterior, especialmente, en la literatura contemporánea.

Paloma Díaz Mas está especializada en lengua y literatura sefardíes y ha escrito varios estudios sobre la cultura sefardí, así como sobre el Romancero y poesía tradicional. Su ensayo Los sefardís: Historia, lengua, cultura fue Finalista del Premio Nacional de Ensayo. Su primera obra, Biografías de genios, traidores, sabios y suicidas, la publicó en 1973 y desde entonces ha escrito: La tierra fértil, Los judíos, El sueño de Venecia, Una ciudad llamada Eugenio, Nuestro milenio, Los sefardíes: Historia, lengua, cultura, Tras las huellas de Artorius, El rapto del Santo Grial y La informante.


Pregunta.- Hubo contacto con los alumnos de enseñanzas medias de C
amargo hace dos cursos escolares, ¿qué tuvo de positiva esa experiencia para una investigadora del CSIC, Consejo Superior de Investigaciones Científicas?
Respuesta.- Fue muy positiva, entre otras cosas porque esa investigadora del CSIC es también una profesora universitaria (dí clases durante casi 18 años en la Universidad del País Vasco), a la que le encanta la docencia. Por eso siempre me resulta gratificante el contacto con los estudiantes, sean universitarios o de enseñanzas medias. Si, además, el encuentro es para hablar de literatura, mucho mejor.

P.- Entonces fue un Encuentro Literario y ahora un ¿Por qué leer a los clásicos?… ¿qué opina de estos programas para ayudar en los centros de enseñanzas medias a fomentar la lectura y el amor por la literatura?
R.- Creo que este tipo de programas del Ministerio de Cultura cumplen muy bien el objetivo que se proponen, que es precisamente el fomento de la lectura. Para cualquier lector suele resultar interesante poder ver y oir directamente a los autores y hacerles preguntas sobre su obra en concreto, o sobre su actitud y relación con la literatura en general. Incluso a quienes no les gusta leer –o, de momento, creen que no les gusta-, puede despertarles la curiosidad por la lectura el poder oír en persona las experiencias de un escritor. Conozco varias personas que se han aficionado a la lectura, o que han sentido especial interés o gusto por leer obras de un autor en particular, gracias a que asistieron a algún encuentro de este tipo.

P.- ¿Cómo se ve la enseñanza de la literatura, sobre todo en secundaria, desde la atalaya de quien se dedica a la investigación, pero conoce el mundo de la docencia?
R.- ¡Hombre, lo de la atalaya suena un poco mal!: parece como si los investigadores mirásemos a los demás mortales desde lo alto, por encima del hombro. Pero vale, entiendo la pregunta y paso a contestarla.
La enseñanza de la literatura en secundaria no es que se vea bien o mal: es que casi no se ve. Creo que sufre varios problemas a la vez: por una parte, que la enseñanza de la literatura está en los programas demasiado supeditada a la enseñanza de la lengua; tal y como están organizados los estudios de ESO y Bachillerato, prácticamente no existe la asignatura de “Literatura” de forma independiente.
Además, los programas (que los profesores tienen que seguir obligatoriamente, aunque a muchos de ellos quizás les gustaría hacer las cosas de otra manera) están mal organizados, de manera que no se transmite de forma clara la cronología de la literatura, se dejan sin atender durante varios cursos períodos literarios importantes (Edad Media, Siglos de Oro) y en cambio se repite en varios cursos el mismo perído (siglos XIX y XX), hay años en los que no se estudia literatura y, por si fuera poco, la programación de la materia Literatura está mal acompasada con la programación de Historia, cuando las dos asignaturas deberían estudiarse en paralelo y relacionandóse una con otra (es imposible entender bien la literatura si uno no tiene en cuenta el contexto histórico en el que se produjo).

P.- Muchos, alumnos y profesores, creemos que la literatura ha quedado abandonada y sometida en todo caso, a la lengua, cuyo carácter instrumental no comparte… ¿cómo podríamos arreglar este panorama?
R.-En parte, he contestado esa pregunta en la anterior.
Creo que sería fundamental que hubiera una asignatura de literatura (sólo literatura, no lengua y literatura) obligatoria en bachillerato, preferiblemente en primer curso.
Además, que los programas de literatura y de historia estuvieran acompasados entre sí, de manera que cuando uno estudia un período histórico, se estudie paralelamente la literatura de ese mismo período. Sólo así podremos evitar dos problemas que ya se están dando en la Universidad: uno, que los estudiantes universitarios suelen tener las ideas muy poco claras con respecto a la cronología, las distintas etapas y movimientos literarios a lo largo de la historia; y dos, que hoy en día, en España, puede uno salir licenciado en Filología (Inglesa, o Clásica, o Alemana, o Francesa, etc, todas las licenciaturas de filología que no sean Hispánicas) sin haber estudiado una sola asignatura dedicada monográficamente a la literatura española ni en el bachillerato ni en la Universidad.

P.- Promocione usted la enseñanza y el aprendizaje de la literatura… ¿qué puede ofrecer la buena literatura a los jóvenes de hoy?
R.-En primer lugar, la literatura puede ofrecer entretenimiento. Desde luego, compite con otras formas de llenar el ocio (que van desde el deporte al botellón, pasando por la informática o los medios audiovisuales), pero no podemos olvidar que a lo largo de la historia leer ha sido una forma de entretenerse para muchas personas. Una forma, además, barata (un libro es más barato que un ordenador o que la entrada de un concierto de rock, y además los libros pueden tomarse en préstamo de una biblioteca o intercambiarse con los amigos) y que se adapta muy bien al medio (uno puede leer en su casa, en la playa, en el campo o en el transporte público: en una gran ciudad como Madrid hay mucha gente que lee durante los trayectos de metro o de tren de cercanías).

Pero además, como todas las actividades humanísticas, creo que la literatura nos ayuda a ser más personas. A través de los libros podemos comprender mejor a los demás, tanto a personas de nuestra época como de otras épocas o de otras culturas y países. Establecer una relación sin fronteras espaciales ni temporales con otros seres humanos. Eso nos enriquece como personas.

Y, por último, leer nos enseña a dominar el lenguaje. Amplía y desarrolla nuestra capacidad de expresión. Y saber expresarse, tanto oralmente como por escrito, es fundamental para tener éxito en nuestro mundo actual. Así que la lectura tiene también una utilidad práctica muy clara, lo cual a veces se tiende a olvidar: parece como si la lectura fuera sólo un adorno, y es un ejercicio de preparación para aprender a pensar y a expresarnos.

P.-¿Es usted de las que opina que “vale leer todo” o considera que es conveniente mostrar la tradición literaria porque si no se hace en la escuela no se hace en ningún otro lugar?
R.-Yo diría que las dos cosas. Individualmente, vale todo: que cada cual lea lo que quiera, incluso mala literatura. Pero la escuela tiene la obligación de informar a los estudiantes sobre la mejor literatura y formarles para que la conozcan y la entiendan.

P.-¿Se llega a la escritura por la lectura o puede ser el camino a la inversa? ¿Cómo se decidió a escribir? ¿Disfruta más leyendo o escribiendo?
R.-Depende de las personas. En mi caso, creo que he tenido lo que podría llamarse una vocación literaria incluso desde antes de aprender a leer y a escribir: con tres o cuatro años ya hacía yo “periódicos” escribiendo líneas onduladas (que, naturalmente, no significaban nada, porque yo no sabía escribir) en hojas de papel dobladas en forma de cuadernillo, me inventaba historias y personajes imaginarios y, cuando tuve hermanos (fui hija única hasta los ocho años), empecé también a inventarme historias para ellos. Cuando aprendí a leer, la lectura se convirtió en mi pasatiempo favorito (primero en tebeos y cuentos troquelados, luego en libros de verdad). Hay otras personas, sin embargo, que sintieron nacer su interés por la escritura de mayores, incluso cuando ya eran casi ancianos. Pero, en general, creo que todos los escritores son también asiduos lectores.
El disfrute de leer y escribir es muy distinto. Leo mucho más de lo que escribo, y dedico muchas más horas a leer que a escribir. Leer es una actividad relajada, ya que sólo tengo que disfrutar de la lectura que me dan ya hecha. Escribir es una actividad llena de tensión: soy yo quien tiene que inventarse la historia, y desde luego que nunca me sale a la primera; para mí, escribir es una actividad muy trabajosa.

P.-¿Cómo ve el panorama lector dentro de la sociedad española? ¿Está de acuerdo con las afirmaciones sociales de que cada vez se lee menos o piensa que hay más gente que lee de la que se cree?
R.-La situación es rarísima. En España se publican decenas de miles de libros al año (creo que en torno a sesenta o setenta mil, de los cuales aproximadamente el diez por ciento son libros de creación literaria). Así que, si existe una industria editorial tan productiva, debe haber consumidores para ella.
Pero también es cierto que las tiradas son cortas (entre tres mil y cinco mil ejemplares es la tirada normal de un libro en España) y que, desde luego, hay mucha gente que nunca lee un libro.
Es como si la lectura se hubiera convertido en una actividad especializada: de la misma manera que hay gente aficionada a practicar un deporte determinado (pero no todo el mundo es deportista) hay gente aficionada a leer, incluso apasionada por la lectura (pero no todo el mundo lee). Los que leen suelen ser lectores asiduos, pero hay mucha gente que no lee nada.

P.- Dentro de su vida como erudita y escritora habrá realizado diversos viajes. En cuanto a lectores se refiere, ¿qué anécdota podría contarnos según su experiencia?
R.- Voy a contar una anécdota que se refiere a mis viajes cotidianos en tren de cercanías; en otras épocas no sería apta para menores, pero hoy en día no nos vamos a asustar y creo que es graciosa. Allá va:
Actualmente vivo en un pueblo de la sierra de Guadarrama, a 38 kilómetros de Madrid, y tengo que desplazarme todos los días al centro de la ciudad (donde está el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, en el que trabajo) en tren de cercanías. Como el trayecto dura aproximadamente una hora, voy siempre leyendo.
Este verano iba yo viajando en el tren y aprovechaba para releer las Novelas Ejemplares de Cervantes, entre otras cosas porque me habían pedido una colaboración para una Enciclopedia Cervantina que se va a publicar con motivo del 400 aniversario de la publicación de la primera parte de El Quijote, y necesitaba volverme a leer una serie de obras de Cervantes para hacer mi trabajo.
El vagón iba medio vacío (estábamos a finales de agosto) y yo estaba absorta en la lectura de El coloquio de los perros, un texto divertidísimo y, tan moderno, que parece mentira que esté escrito en el siglo XVII. Hacia el principio del viaje noté que se sentaba frente a mí un señor, al que apenas miré; pero, aun absorta en la lectura como estaba, yo notaba que mi vecino de viaje no hacía más que moverse, rebullirse en el asiento, cambiar de postura, etc.
Al cabo de aproximadamenta media hora, en un momento en que estábamos parados en una estación, levanté la cabeza del libro. Y entonces ¿qué veo? ¡Glups! El señor que se había sentado frente a mí… ¡era un exhibicionista! Entonces entendí por qué no hacía más que moverse y cambiar de postura: llevaba cosa de media hora tratando de llamar mi atención para que le mirase, sin conseguirlo, porque yo estaba sumergida en El coloquio de los perros. Así que el pobre debió de pasarse medio viaje frustradísimo, exhibiéndose para nadie, mientras aquella idiota que tenía enfrente (yo misma) no levantaba los ojos del libro.
Creo que es lo más alucinante que me ha pasado en un viaje. Y, desde luego, tiene relación con la lectura. ¡Vaya si la tiene!

P.-¿Qué busca cuando se sumerge en un libro de literatura clásica, que es lo que espera encontrar? ¿Qué es lo que más le interesa de estos clásicos?
R.- Bueno, espero encontrar cualquier cosa… menos lo que encontré delante de mis narices aquel día de la anécdota que acabo de contar.
Ahora en serio, lo que espero es sobre todo que el libro me prenda, que me interese y, cómo no, me distraiga. Y lo que más me interesa de los clásicos es que sean actuales, es decir, que aunque estén escritos en otra época, me cuenten cosas que de alguna manera sean válidas hoy en día, sobre todo porque se refieren a preocupaciones y situaciones del ser humano que me resulten reconocibles y, de alguna manera, vigentes todavía hoy.

P.- En su próximo libro relata su experiencia personal ¿Podría de alguna forma ayudar esto a reflexionar y descubrir en los lectores ese interés por los clásicos?
R.-Lo que cuento en mi próximo libro (que va a titularse Como un libro cerrado) es sobre todo cómo se forma una escritora, incluso desde la primera niñez. Cómo las vivencias que vas teniendo –incluso las más triviales- pueden ser determinantes, muchos años después, a la hora de escribir. Y, sí, parte de esas vivencias son mis lecturas de infancia y adolescencia, entre las cuales hay obras clásicas, como El Cantar de Mio Cid o El Quijote, pero también tebeos o cuentos infantiles. Creo que algunos lectores (sobre todo los de mi edad) pueden sentirse identificados con algunas cosas que cuento; y para otros, que no hayan tenido vivencias parecidas, seguramente les resultará interesante ver qué experiencias pueden determinar la tarea de un escritor.

P.-¿Cuál de estos libros clásicos es su mayor influencia a la hora de ponerse a escribir y que otras influencias refleja en sus textos?
R.- Suena a tópico, pero mi libro favorito es El Quijote, sobre todo porque lo encuentro muy divertido y tiene una ironía, una forma de ver las cosas, muy actual. Me hicieron leerlo por primera vez en el colegio, en voz alta, y luego lo he releído varias veces, en parte por gusto y en parte porque, como he sido profesora de literatura española del Siglo de Oro durante muchos años, he tenido que leerlo de nuevo para explicarlo a mis alumnos, o comentar pasajes en clase. Cada vez que lo leo me lo paso mejor. Y creo que ha dejado una huella muy grande en mi escritura. Una huella que a veces es evidente y otras veces está ahi, subterránea, pero siempre presente.

P.- Y para finalizar, ¿qué se lleva de estos encuentros en los institutos, con alumnos y profesores?
R.- Sobre todo, el recuerdo de habérmelo pasado muy bien. Realmente disfruto con estos encuentros.
Y también me llevo información: información sobre cómo está la enseñanza de la literatura, cuál es la actitud de los alumnos hacia ella, qué cosas interesan más y cuáles interesan menos. Aunque parezca que no, quien da una conferencia –igual que el profesor que da una clase- percibe muchas cosas en el ambiente de la sala. Cosas que a lo mejor no se dicen expresamente, pero que están presentes en la relación entre quien habla y quienes escuchan y, luego, preguntan. Y también las preguntas me ayudan a entender y a reflexionar sobre mi propia labor como escritora. 

Trabajo original