Era una fría noche de invierno. Como era habitual en mi pueblo, la gente se dirigía a la plaza mayor, a oír los fabulosos cuentos que nos contaba el sabio del pueblo.

Yo, como de costumbre, siempre llegaba tarde a sus historias, por los trabajos que me mandaban mis padres: ir a ordeñar las vacas, segar el prau , dar de comer a los perros…
Pero bueno, ya estaba allí, y me puse a escuchar la historia…:

«Hace mucho mucho tiempo, en el monte de Tejas, existía un pueblo muy alegre entre los bosques de pinos y abetos.
Todos tenían sus tareas y así convivían. Pero una noche nublada y oscura pasó algo terrible, y es que faltaban la mitad de los pastos, los caballos jóvenes y poco adiestrados desaparecieron por la portilla, ya que alguien la había abierto.
Los aldeanos, preocupados, se quedaron despiertos toda la noche y un hombre que estaba cuidando sus pastos oyó un ruido que parecía alguien riéndose. El muchacho cogió la escopeta y se dirigió a donde se oía la voz. Era increíble, a la vuelta de la esquina el joven muchacho se encontró un pequeño monstruo con una cara verde riéndose mientras destrozaba el pasto; el hombre, sin dudarlo, disparó a la pequeña bestia y le dio en una de sus piernas».

Y así acaba esta historia. Lo último que nos dijo el sabio fue «buenas noches y cuidado con la criatura«. Yo me quedé un poco asustado con esa despedida y me fui con algo de miedo a la cama. A medianoche oí unos ruidos en mi jardín y bajé a ver lo que pasaba. Entonces oí unas risas; eso me recordó la historia que nos contó el sabio, ese recuerdo que me dejó con miedo.

Lentamente me acerqué a mi jardín y descubrí una pequeña criatura con cara verde y con un disparo en una de sus piernas. En ese mismo instante me quedé totalmente paralizado y pensé que si todas las historias que contaba el sabio eran verdad, la Tierra estaría perdida. Me descuidé un poco al ver que la pequeña bestia se acercaba con miedo lentamente hacía mí, me olió un poco y se quedó mirándome. Yo le dije:

Hola

Él no me contestó, pero empezó a reírse. Me quedé toda la mañana con él. Me entró el hambre y me fui a comer algo, pero la pequeña criatura me perseguía, me di cuenta de que la bestia ya no hacía el mal a la gente, sino que ayudaba a los cojos, a los tuertos, a los jorobados y fastidiaba a los que se burlaban de estos.
Deduciendo lo que le había pasado, decidí llamar a la criatura Trenti, porque antes era una criatura malvada y peligrosa, y el dios del infierno en mi pueblo era Trenzas, y al dios de la bondad lo llamábamos Tito, y de allí saqué su nombre. Me pasé toda la vida haciendo el bien para las personas, acompañado de mi mascota el Trenti. Yo era una persona normal y corriente, así que me llegó la hora. El Trenti pasó cien años al lado de mi tumba y no se supo más de él.

 

Trabajo original