///Cuatro genios, cuatro décadas

Cuatro genios, cuatro décadas

Firma: Por Beatriz Ortego, Carlos Zubiaurre y Laura Alvarez, estudiantes de Bachillerato del Colegio Nuestra Señora de La Paz de Torrelavega.

Homenaje a los responsables de la construcción de la fachada del colegio Nuestra Señora de la Paz, declarada monumento artístico de Cantabria. Se recordó el papel en la obra de Francisco Coello, arquitecto; José María Subirachs, escultor; Vicente Sámano, aparejador de la obra, y el entonces superior de la comunidad religiosa, P. Ángel Lucas.

En 1963, el escultor José María Subirachs, el arquitecto fray Francisco Coello de Portugal, el aparejador Vicente Sámano y el superior de la orden de los Sagrados Corazones, padre Angel Lucas, impulsaron y lograron concluir una de las obras más señeras de la arquitectura española contemporánea, el Colegio Nuestra Señora de La Paz, declarado patrimonio artístico. Hoy, 30 años después, estas cuatro figuras se reúnen de nuevo al cobijo de su obra.

La congregación de los Sagrados Corazones, a punto de cumplir sus bodas de plata dedicados a la enseñanza en Torrelavega, se planteó en 1961 la necesidad de ampliar sus instalaciones para poder atender a una demanda creciente de alumnos.
La imposibilidad de ampliar las instalaciones existentes, un vetusto edificio del centro de la ciudad, la imposibilidad de adquirir nuevos terrenos y la negativa de la orden a sacrificar las áreas deportivas les impulsó a pensar en edificar un nuevo colegio en un huerto de las afueras.

Los primeros arquitectos consultados rechazaron el encargo ante las dificultades topográficas que se planteaban. En ese momento surgió la figura de fray Francisco de Coello.

Este dominico se había ganado ya una merecida fama de arquitecto innovador, seguidor de las nuevas corrientes constructivas funcionales y minimalistas, con las que había entrado en contacto en la Alemania de postguerra, y que había trasladado a obras civiles y religiosas españolas como la Virgen del Camino de León.

Contra todo pronóstico, y tras estudiar el terreno y dialogar con el Padre Ángel Lucas, promotor incansable de la idea, Coello respondió con planos y una concepción revolucionaria. Pese al carácter rompedor de la idea, la congregación decidió llevar el proyecto adelante. Ahí comenzaba el trabajo de la tercera pieza del equipo. Una obra con tal complejidad en la remoción de terrenos y la aplicación de soluciones constructivas no usuales entre los trabajadores de la región, exigía un maestro de obra, un aparejador concienzudo, dominador de su trabajo. Claramente debía ser Vicente Sámano. Sámano ya había trabajado con algunos de los mejores arquitectos de su época, y llegaría, más tarde a convertirse en un complemento clave de maestros como Sáenz de Oiza, y de obras como el Palacio de Festivales.

Un año después, el Padre Angel Lucas presenciaba el inicio de las obras, entre estrecheces económicas, incomprensiones, y múltiples problemas en el viejo colegio, claramente insuficiente, pero imprescindible para una ciudad con una deficiente infraestructura educativa.

El edificio proyectado constaba de dos grandes módulos orientados al mediodía, conectados por un tercero, más esbelto, dedicado a residencia y una zona llana polideportiva. La iglesia, pensada para fines parroquiales, se abría a las calles circundantes en un impresionante voladizo atirantado, que simbolizaba la luz de Cristo y el camino de la salvación. Los tres protagonistas pronto descubrieron una nueva dificultad. El muro norte de la construcción, un gigantesco murallón de hormigón armado, de carácter brutalista, resultaba una imagen demasiado desnuda, desacorde al conjunto. Fray Francisco Coello pensó en buscar una solución ornamental, no constructiva y solicitó para ello la colaboración de su amigo José María Subirachs, un reconocido escultor, que acabaría convirtiéndose en el santo y seña de esta manifestación contemporánea, y que encontraría su cumbre y reconocimiento con la fachada de la Pasión del templo de la Sagrada Familia de Barcelona.

Subirachs ya había experimentado con formas decorativas basadas en la repetición de elementos geométricos, figurativos e incluso mensajes tales como jaculatorias. En este caso, una hornacina que alojara una figura de la Virgen de la Paz, y la reiteración masiva de la palabra Paz, en todos los idiomas, sería la solución. Los rasgos duros del edificio se redujeron, y el carácter simbólico del conjunto se agrandó. Como en los antiguos templos góticos, el complejo edificio comenzaba a intuirse entre las calles, para abrirse majestuoso tras la última esquina.

La idea de Subirachs tenía empero su dificultad, la colocación de las letras obligaba a crear moldes de madera que impresionaran el hormigón, y desencofrar sin cuajar de todo el material, para evitar dejar el molde en el interior, con el peligro de roturas que implicaba. Con todo el esfuerzo de los hombres de Sámano consiguió el objetivo, y la fachada, tal como se planeó quedó erguida. Concluida la iglesia y el colegio, el equipo formado siguió sus destinos y se disolvió. Coello continuó sus trabajos por Europa, Subrirach comenzó a caminar hacia la Sagrada Familia y el Padre Ángel Lucas fue reclamado por su congregación para otros servicios. Sólo Sámano siguió al resguardo de su edificio, impartiendo clases y formando nuevos arquitectos durante las siguientes tres décadas.

En el año 2002, las autoridades municipales y autonómicas concluyeron el expediente de catalogación de la obra como patrimonio artístico, y su valor empezó a ser reconocido por los estudiosos del arte de la época y de las trayectorias de Subirachs y Coello. A mediados de año, se publicaría el expediente, se realizarían monografías sobre la obra, se inauguraría una nueva iluminación que destacaba la gran belleza de su fachada norte y se afrontaban los gastos de la efemérides. Pero sólo Sámano, fiel a su edificio pudo estar allí, los demás, no.

Ha debido transcurrir un año más, para que en mayo de 2003, y a instancias del Colegio de Arquitectos, la Congregación de los Sagrados Corazones, el Ayuntamiento de la ciudad y la asociación de padres del colegio y diversas entidades culturales y empresariales, un merecido homenaje reconozca la labor de estos cuatro hombres, autores de una gesta callada y discreta de nuestra cultura, imponente y ahora reconocida, la Iglesia y el colegio de los cuatro magníficos.

2019-11-25T10:18:35+00:00 30 Mar 2004|Categorías: Hemeroteca, Revista Nº 44|Etiquetas: |

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