///¿Quién mató al señor Lefèvre?

¿Quién mató al señor Lefèvre?

Firma: Por Alberto Ruiz Cruz, alumno de 1º de Bachillerato del IES Manuel Gutiérrez Aragón de Viérnoles.

‘Quién mató al señor Lefèvre’, relato ganador del Certamen Literario 2002-2003 del IES Manuel Gutiérrez Aragón.

Parecía presentarse un día soleado como otro cualquiera en alguna parte de la riviera francesa. El magnate financiero Charles Lefèvre se disponía a dar una fiesta en su mansión aprovechando sus tremendos éxitos. El lugar rebosa clase por los cuatro costados, lleno de objetos de incalculable valor y con unas vistas dignas del paraíso más inimaginable. Pero el día posiblemente no acabaría entre risas y el jolgorio provocado por el alcohol.

Eran las 8 de la tarde y ya los invitados iban haciendo acto de presencia e iban entrando. Parecía haber un regimiento invitado, que sin caer en la exageración más extenuada no se alejaría de la realidad. El anfitrión estaba en la entrada de la casa atendiendo a la gente que iba llegando; como es costumbre en las buenas familias. Su mujer (por cierto, bastante más joven) y sus cuatro hijos estaban también con él, erguidos como troncos de roble.

Tenía dos hijos de su primera relación: Gilles y Nicole, ya mayorcitos. Y dos de su actual esposa, Laura: Jerome y Sylvaine, que eran unos chicos adolescentes no acostumbrados a este tipo de eventos de tan alto nivel.

La noche hacía su majestuosa aparición, el cielo se llenó de estrellas que parecían adivinar que se iban a teñir de otro color.

Sin más dilación de la esperada la gente se sentó y se puso a degustar los exquisitos platos que el chef había preparado para la ocasión. En el extremo de la mesa se encontraba el anfitrión y al lado su familia, seguidamente estaban el subdirector de su empresa y diferentes cargos con sus mujeres, y para finalizar algunos amigos que rivalizan con Charles Lefèvre en el terreno financiero, se les podría llamar «colegas», si es que a los carroñeros interesados se les puede asignar ese calificativo.

La cena se desarrolló con total tranquilidad como era de esperar. Hicieron un brindis y se levantaron para dirigirse a la zona del salón de baile. Su mujer y los hijos de ésta se dirigieron a sus respectivas habitaciones para prepararse para el baile porque la noche prometía, dado el «cariño» que tenían a su padre.

Jerome y Sylvaine eran producto del veneno que tenía Laura dentro del cuerpo y los chicos eran una prolongación de los pensamientos de su madre. Todo el mundo sabe cómo se las gasta su mujer, pero Charles no permitía que manchen de ninguna manera su honor, ya que está muy enamorado de ella. Gilles tampoco se atreve a decírselo porque no quiere perder la relación con él y Nicole está más preocupada por qué se va a poner en invierno que por su propio padre.

Más tarde, Charles Lefèvre se dispone a hablar con Paul Arnaud, uno de sus colaboradores de confianza, de repente todo el mundo se calla. Laura se dispone a bajar las escaleras, todo el mundo se queda impactado.

Llevaba un vestido precioso que producía la envidia entre las mujeres de la sala y unas joyas propias de la mejor joyería. Cuando por fin llego al lugar donde estaba su esposo, le dio un beso y se pusieron a bailar. Paul tenía una mirada cómplice hacia Laura que extrañó a Charles, pero no le dio la mayor importancia. La velada proseguía su curso mientras la gente lo pasaba en grande y las horas parecían segundos, al menos por el momento.

Unos minutos después Charles se retiró y se fue al jardín a pasear sólo para meditar, esto lo solía hacer muy a menudo, pero no parece que le sirviera de mucho.

Cuando regresó, algunas personas ya se habían retirado para sus casas, tan sólo quedaban algunos amigos de la familia y unos cuantos empleados, entre ellos Paul Arnaud. La fiesta aún seguía, pero como su esposa e hijos ya habían dejado el lugar, decidió subir al estudio a leer un rato, una de sus aficiones.

Era ya tarde cuando Laura salió a ver si veía a su esposo y al no verle se imaginó que podría estar en el estudio, acertó de pleno. Seguro que no se hubiera imaginado esa escena ni en sus mejores sueños, Charles yacía muerto con la cabeza apoyada en el escritorio sobre un libro, manchado por la envidia y el odio, de sangre. Al instante sale de la habitación y grita.

Llega un silencio que hacía temblar hasta al más impasible; que hacía tener miedo al menos temeroso. Pero faltaba alguien en la estancia, alguien que odie profundamente a Charles, que sea muy cercano.

Unos meses después del comienzo de la investigación fue detenido Paul Arnaud acusado de asesinato, fue condenado a pasar una buena temporada entre rejas al comprobar su autoría. Acusó de cómplice a Laura, que fue absuelta por falta de pruebas. Gilles vivió con un gran pesar hasta su muerte.

En alguna parte de la casa aún permanece el espíritu de Charles, así que, en noche estrellada no pases por la mansión Lefèvre, te puedes arrepentir.

FIN

2019-10-18T08:59:30+00:00 21 May 2003|Categorías: Hemeroteca, Revista Nº 39|Etiquetas: |

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