Me llamo Marta, tengo quince años y vivo en Barcelona, en la zona cercana al Parque de la Ciudadela. Todos los veranos me voy de vacaciones a un pueblecito de la sierra que en otra época, dicen que fue un poblado de brujas. Todos los chicos de allí, incluida yo, pensamos que es cierto, sobre todo desde que Javi, un chico guapísimo con ojos verdes de nuestra pandilla, apareció muerto al entrar en la ‘Mansión de los Horrores’ (la llamamos así por la cantidad de muertes que ha habido en ella y por los fenómenos extraños que hay a su alrededor).

Nadie se atrevía a entrar en ella desde entonces, pero como yo tengo el defecto de ser demasiado curiosa, decidí entrar allí. No se lo conté a nadie de la pandilla excepto a Sandra, mi mejor amiga que me prometió no contarselo a nadie, no porque quisiera ir sola sino porque me hubiesen impedido ir a toda costa.
Para mi expedición escogí un día de tormenta (sólo porque coincidió) a las doce de la noche.

 
CAPÍTULO I
EXPLORANDO A OSCURAS

Tras cruzar el umbral de la puerta eché una ojeada al camino que había dejado tras de mí y vi una inquietante sombra.
Tenía el miedo metido hasta en el último poro de mi cuerpo, pero me armé de valor y chillé:
-¡¿Quién anda ahí?¡

Con el chillido espanté a todos los cuervos que se encontraban en árboles cercanos a mí. Entre los aleteos de los bicharracos vi que la sombra se acercaba a mí y su voz me decía:

-Soy yo Sandra, por favor no entres ahí es peligroso.
-Lo sé-contesté aliviada. En ese momento el siniestro reloj de la torre comenzó a dar las doce campanadas dan, dan,…
-Vete de aquí sabes que a las doce las farolas se van apagando poco a poco y sin luz no podrás volver.
-Está bien-aceptó Sandra-me iré pero como mañana no te vea en la piscina por la tarde se lo contaré a todo el mundo.
-Al sonar la duodécima campanada y sin dejarme dar respuesta alguna ¡paf¡. La puerta se cerró ante mis narices.
Decidí inspeccionar primero la torre, pero sin darme tiempo a buscar mi linterna, oí un grito que hizo que un escalofrío recorriese todo mi cuerpo. Acto seguido miré por una polvorienta ventana al exterior pensando que podía haber sido Sandra quien había producido tal estruendo. Pero no había nada, sólo una horrible oscuridad que me puso los pelos de punta.

-«No puedo echarme atrás-pensé-debo seguir para averiguar qué le pasó a Javi». Tras darme ánimos a mí misma busqué mi linterna y una vez encontrada me alivió la idea de llevar conmigo luz per… ¡Qué horror! Tenía la linterna pero sin pilas.
Después de acordarme de «todos los santos» sostuve la idea de volver a casa pero la descarté y sacando el valor de donde no lo había decidí continuar con mi suicida aventura.

Continuará…

Trabajo original