Cambiando el otro día trastos de sitio encontré un antiguo libro, algo estropeado, que cuenta antiguas leyendas de este viejo y olvidado pueblo donde comienzo a ejercer mi profesión de veterinario. Al ir a limpiarlo leí una vieja historia que, aunque ya la había oído a otros veterinarios de los alrededores, nunca llegué a creer; aun así he decidido contarla para todo aquél que añore las viejas historias. Durante unos meses, en la villa del noble Diego se respiraba un aire de misterio y terror. Esta situación no era nada favorable para nuestro joven protagonista que planeaba su boda con la joven Catalina. Tras la llegada repentina de una familia de ovejas, de diferente color al habitual, a los montes que rodeaban la pequeña villa de Pompaelo, no se oían más que comentarios sobre esas ovejas negras.

El color era lo más importante y peculiar que las diferenciaba de las demás ovejas. Era un negro oscuro como el carbón, pero brillaba. No sólo brillaba como puede brillar cualquier otro pelo: era un brillo cegador que no dejaba a cualquier mirada observarlo durante mucho rato.
Pero no sólo esas ovejas eran raras por el color. Otra característica que poseían era la de tener cuernos, y, por si fuera poco, ni siquiera eran cuernos normales como los de un carnero. Para empezar tenían cuatro cuernos: los dos primeros (y más grandes) eran retorcidos y puntiagudos, como un cuchillo mal formado; los segundos eran pequeñitos y redondos, casi como dos bolitas, o como dos cuernos que nunca llegaron a crecer del todo. Eran unas ovejas muy grandes, con una mirada que parecía acribillarte, y con unas patas sumamente cortas, tan cortas que se podía decir que, más que unas patas y después su pezuña, tenían sólo la pezuña (que por cierto no estaba muy definida: ni siquiera dejaba huella, dejaba una mancha borrosa en el suelo que nadie diría que fuera una pisada).
El remate final de toda su rareza era aquel extraño balido, si es que era un balido, que pronunciaban. No se podía apreciar si era un aullido, un chillido o vete a saber qué, pero lo que sí era es que era horrible, horroroso y tenebroso.

Al bueno de Diego todos aquellos comentarios no le molestaban hasta que un día llegó a sus oídos la extraña anécdota de que aquellas ovejas eran el regalo que Dios daba a Diego para el día de su boda. Mirado desde un cierto punto se puede pensar que esto es un halago, pues nadie tiene la suerte de recibir un regalo de Dios para el día de su boda, pero por mala suerte para Diego, este comentario no le hubiera molestado si su prometida Catalina no le hubiera dicho que era un mal augurio. Y es que a los oídos de Catalina había llegado una vieja historia:

«Hace mucho tiempo, en una villa no muy lejana a ésta, vivía un viejo pastor al que le fue todo bien en la vida; todo, hasta que un día la mejor y más apreciada de sus ovejas dio a luz a una pequeña oveja negra. Desde entonces las desgracias comenzaron a aparecer. La oveja comía mucho y para mantenerla le hacía falta el doble de dinero que a las demás; pero no sólo fue eso: poco a poco las demás ovejas se fueron muriendo de una extraña enfermedad sin conocer todavía. Las ovejas primero comenzaban a adelgazar, se quedaban tan delgadas que hacían falta más de dos para alcanzar el bulto que una pequeña oveja abultaba, y después de quedarse tan delgadas una noche morían. El pastor se quedó sin ninguna oveja de la que obtener beneficios, así que a pesar del extraño color de esta oveja, decidió que se la tendría que comer. Pero esa noche, como si la oveja ya supiera el destino que la esperaba se escapó y huyó al monte frío y oscuro.
El pastor entonces se vio obligado a ir a buscarla hasta que pudiese encontrarla. Así el pastor se recorrió todo el monte y cuando por fin la vio, ésta echó a correr como si en vez de una oveja se tratara de un humano.
A la mañana siguiente cuando su mujer se despertó, al no encontrar a su marido decidió ir a buscarle y, para su horror y desgracia, cuando pasó por delante del establo en vez de encontrarse a la oveja negra, encontró a su marido muerto y cubierto de un extraño pelo negro, pelo de oveja negra.»

Debido a esta historia, Catalina se pensó que las ovejas del monte no podían ser un regalo de Dios, sino de Satanás, que traería mala suerte para el futuro matrimonio. Si se casaban, la mala suerte les acompañaría para toda su vida.
Catalina decidió entonces que no podía casarse con Diego, pero en la cabeza de Diego no cupo esta idea y se marchó.

Sin rumbo fijo, Diego cabalgó y cabalgó hasta que la noche cayó y bajo la oscuridad siguió cabalgando. Después de un rato comenzó a divisar una tenue luz a lo lejos; allá entre las montañas se podía divisar las sombras de los tejados difundidas entre el humo de las muchas chimeneas que se erguían sobre estos, mezclados también por las diferentes luces que salían disparadas de algunas ventanas de las casas de lo que parecía un acogedor pueblo. Por fin, tras mucho caminar, Diego llegó a la extraña ciudad en la que pensó que tal vez podría quedarse a pasar la noche.
Pero con lo que nunca contó fue con todas aquellas ovejas que, situadas en el puente, le obstruían el paso hacia la ciudad. Muy pronto, Diego, montado en su caballo, se vio envuelto por un gran rebaño de ovejas que le fueron conduciendo al espeso bosque. Diego que no era un caballero temeroso no se dejó apresar por el miedo e intentó desviarse de aquel rebaño de ovejas, pero para su sorpresa estas ovejas estaba visto que no eran unas ovejas cualquiera y poseían una fuerza que a pesar de la potencia del caballo no consiguió deshacerse de ellas. Cada vez las ovejas iban subiendo más y más, y cada vez más el caballo se ponía más nervioso con lo que el caballo se embraveció y Diego se cayó.
Apoderado por el pánico, Diego corrió hacia unos matorrales con el fin de esconderse de las ovejas; pero las ovejas dejaron al caballo y, como si le estuvieran buscando, se dirigieron hacia él. Sin pensarlo dos veces Diego decidió que lo mejor era alejarse de aquel siniestro lugar y tan rápido como sus piernas le permitieron corrió y corrió por todo el monte en aquella oscura noche.
A la mañana siguiente Catalina, que no había dejado de pensar en el noble Diego, decidió que lo mejor sería salir en su busca. Así Catalina montó en su caballo y cabalgó tras unas huellas que al llegar una pequeña ciudad comenzaban a mezclarse con las de varios extraños animales, para más tarde difundirse en la espesura del bosque. Pero Catalina no desistió y con su afán por encontrar a Diego se adentró en el bosque, y allí no encontró más que su caballo y una montaña de lana negra.

Los habitantes de ese pequeño pueblo aseguran que aquella noche fue terrible, llena de chillidos estridentes y el sonido metálico de terroríficos campanos, acompañado de relinchos y estruendosos ruidos. Pero que al amanecer no vieron más que algo parecido a un rebaño de ovejas negras cruzando entre las montañas para desaparecer en lo más oculto del bosque. Lo que no sabían en ese pueblo es que en ese rebaño había una oveja más de las que habían estado escondidas en los alrededores.

Nunca Catalina ni nadie supo más del noble Diego. Muchos pensaron que de tan triste que se había quedado se marchó para siempre pero lo que nunca nadie supo fue lo que Catalina realmente pensaba, y para ella lo que le pasó a Diego fue culpa de una extraña maldición que acompañaba a las ovejas, sin duda obra de Satanás, como pensó desde el principio de su aparición en el pueblo. Así con estos pensamientos, Catalina nunca se casó por temor a estar maldita y que sus desgracias también pudiera causárselas a su familia.

Y esta es la historia que de boca en boca llegó a mis oídos y tal vez se siga propagando junto a otras muchas. Ya os seguiré contando más historias de este libro. De momento, yo seguiré colocando los cachivaches del trastero de esta vieja casa en este pequeño pueblo, pero ahora pararé un rato para ver de dónde provienen estos extraños ruidos de campanos que cada vez oigo más cerca.

FIN

Trabajo original