En este artículo reflexiono sobre cómo nuestra sociedad, lejos de aprender de las caídas colectivas, parece atrapada en un bucle de falta de criterio, indiferencia y repetición de conductas dañinas que se transmiten de generación en generación.
Vivimos en la era del acceso ilimitado, y, sin embargo, somos una sociedad intelectualmente pobre. El verdadero problema social de nuestro tiempo no son las redes sociales, la política o la tecnología en sí mismas, sino la falta de criterio; esa carencia fundamental que nos impide analizar la información, cuestionar lo que nos rodea y, sobre todo, reflexionar sobre el impacto real de nuestros actos.
Esta deficiencia no es un fallo individual de la juventud. Es una herencia tóxica que las generaciones adultas han transmitido por omisión, negándose a dotar de las herramientas intelectuales necesarias para manejar la complejidad del siglo XXI. El resultado es que estamos repitiendo y amplificando los mismos errores que se suponía que debíamos haber superado.
La raíz de esta crisis se encuentra en el sistema educativo. El problema no es el contenido, sino el método. En los centros de enseñanza se continúa priorizando la memoria sobre el análisis. Se exige a los estudiantes de ESO y Bachillerato acumular fechas, fórmulas o definiciones sin enseñarles a razonar, a dudar o a contrastar la información. El sistema nos entrena para ser repetidores eficientes, no pensadores críticos.
Esta metodología resulta profundamente inútil en un mundo donde la Inteligencia Artificial ya se encarga de la repetición de datos. Como señalan informes de la UNESCO, una educación que no forma en competencias analíticas y relacionales (aprender a convivir) está directamente ligada al aumento de la desigualdad y la falta de cohesión social. Se nos enseña la materia, pero se abdica de formar el criterio, con la excusa de que valores fundamentales como la ética o la empatía son «subjetivos» y le corresponden exclusivamente a la familia. Pero, ¿qué sucede cuando la familia tampoco tiene las herramientas para educar en esos valores? El vacío lo llena la inercia.
Cuando no se enseña a analizar la información, la mente se rellena automáticamente con prejuicios. El machismo, el racismo y los tópicos políticos no desaparecen porque se asumen como la norma y se repiten sin reflexión. En lugar de ser desmontados por el análisis, se perpetúan las injusticias y la violencia simbólica.
Esta falta de análisis está íntimamente ligada a la crisis de la empatía. Estamos acostumbrados a no ver más allá de nuestros propios zapatos. Se tiende a empatizar solo cuando la situación nos toca directamente («si a mí me pasó lo mismo…»), pero en cuanto la circunstancia es ajena, la comprensión desaparece, se tilda de «ridícula» y surge la indiferencia.

© Ana Lavín Giraldo.
Esta indiferencia es un acto de pereza intelectual que daña la convivencia. Se manifiesta en las interacciones cotidianas en los pasillos, donde el insulto sobre el aspecto físico o el bullying se justifican como «bromas», revelando un profundo déficit para reflexionar sobre el dolor ajeno. Si no se enseña a detenerse y a evaluar el impacto de las palabras, la crueldad se normaliza.
La falta de criterio también alimenta la alarmante polarización social. El discurso se reduce a la trinchera del «conmigo o contra mí», esta nueva oleada de votantes se suma a un partido político solo porque están en contra de otro, aunque no compartan sus ideas, se posicionan, solo porque hay un líder al que aborrecen. Sin la capacidad de la razón, las personas son presas fáciles de bulos y extremismos, donde se vota y se debate desde la emoción visceral, el miedo o el egoísmo.
Es increíble que muchos admitan que su postura política cambiaría drásticamente si cambiaran sus circunstancias personales (si fueran inmigrantes, si fueran ricos, pobres…). Esto demuestra que la gente no está votando por el bien común, que debería ser el objetivo maduro de la democracia, sino por el interés propio inmediato. Esto no es solo egoísmo; es la demostración de que la falta de objetividad y de criterio impide una visión íntegra del conjunto social.
A pesar de que estamos en el siglo XXI y el acoso, la ansiedad y la depresión se potencian con las redes sociales, sigue existiendo una vergonzosa invisibilidad del sufrimiento emocional.
Se siguen repitiendo sin cuestionar ideas dañinas como que «la tristeza es debilidad» o que «hay que ser fuertes». Estos discursos normalizan el dolor y lo convierten en un fracaso individual, impidiendo que la sociedad (profesores, padres y compañeros) asuma su responsabilidad colectiva en el malestar juvenil, que es real y que está demostrado por las alarmantes tasas de trastornos emocionales.
La generación actual tiene en sus manos la oportunidad de romper estos ciclos de conductas dañinas heredadas. Tienen el potencial de ser los primeros en desterrar el machismo, el racismo y la indiferencia, pero no se les está dando la formación real para hacerlo.
El punto clave es que los de la clase política que deben proporcionar esas herramientas y cambiar el sistema educativo son, a su vez, quienes carecen de ese criterio. Les asusta el cambio, porque implicaría que sus votantes no se dejen adoctrinar y prefieren heredarnos un mundo roto y sin las claves para repararlo.
El verdadero mal de la humanidad no es la tecnología, sino la falta de criterio que nos impide usarla, nos condena a la repetición de errores y, lo que es peor, nos impide la madurez necesaria para ser una sociedad justa.
Más información:
– El IES Ricardo Bernardo es uno de los 36 centros educativos que participan en InterAulas

-Modelos sobre redacción de una opinión personal https://miaulaabierta.wordpress.com/
-Características de un artículo de opinión https://humanidades.com/

