Hace unos días vi la película ‘500 días juntos’. Me había aparecido como muy recomendada y debatida en varias redes sociales, así que decidí darle una oportunidad. Este es mi análisis sobre la misma, enlazándolo con la imagen del personaje femenino a lo largo de la literatura.

La película sigue la historia de Tom, un arquitecto fallido que se enamora perdidamente de Summer, su compañera de oficina, que no cree en el amor verdadero. Si bien el filme trata de mantener un tono humorístico, no deja de ser una fiel representación de la forma en que los personajes femeninos son idealizados en la literatura y el cine. Actúa como una manera de decirles a los hombres que no pasa nada, que todos alguna vez han sido engañados por una mala persona como Summer, que jugó con sus sentimientos. ¿El problema? que ella insiste en no buscar nada serio durante toda la duración de la película y aun así es mayormente percibida como «la mala».

Y esto no se trata de un fenómeno nuevo, sino de una cuestión que ha estado presente desde las primeras representaciones literarias. El rol de la mujer con más protagonismo siempre es el de ser vista como una figura idílica e inalcanzable; guapa, con un cuerpo siempre explícitamente descrito y una personalidad cuya única función sea aportar al hombre de la historia. ¿Cuántas habrán tratado de ser esa Dafne efímera por la que Apolo muere, esa dulce Lolita que lee bajo el agua de los aspersores o esas vírgenes suicidas tan solo conocidas tras la mirada masculina? La respuesta es muchas. Pues es lo que se nos ha inculcado.

El personaje femenino siempre está ahí para evolucionar al protagonista, sea mediante amor, esperanza o enemistad. Los personajes masculinos protagonistas tienen derecho a errar y los antagonistas se redimen o son admirados por su propia maldad, pero no ellas, nunca ellas. Nos enseñan a ser la girl next door, la salvadora, la ninfa dulce e inocente. O, en otras palabras, a no ser humanas. Ellas no cometen errores y sus gustos se amoldan a los del protagonista o su interés amoroso, y en cuanto tienen una pincelada de personalidad, se convierten en villanas resentidas. 

Está bien no querer comprometerse, está bien no saber siempre lo que una quiere. Eso no nos convierte en provocadoras, ni en viles monstruos alimentados por rechazar a los hombres. Y tal como Summer, tenemos derecho a decidir con quién nos quedamos al final. Ojalá algún día todos comprendamos al personaje femenino realista, y no la atribuyamos a los males de su compañero.