Un año más, Amnistía Internacional de Cantabria convocó su concurso de microrrelatos dirigido a los centros educativos de Cantabria con el fin de valorar y difundir los derechos humanos. El tema propuesto en su XIV edición fue ‘Genocidio & Derechos Humanos’. El relato de Isabel, alumna de 4º ESO del colegio San Antonio, fue uno de los finalistas.

Este concurso de microrrelatos tiene como fin primordial fomentar la reflexión crítica en torno a los Derechos Humanos (DD. HH.) y la creación literaria, así como dar a conocer la labor de Amnistía Internacional en la promoción y defensa de los DD. HH. en todo el mundo.

En esta decimocuarta edición se presentaron 127 microrrelatos, preseleccionando 24 finalistas. Finalmente, ocho obras fueron elegidas para la fase final, distribuidas en distintos grupos educativos. En concreto, el grupo B, correspondiente a Educación Secundaria Obligatoria, contó con cinco relatos finalistas; el grupo C, de Bachillerato, con dos; y el grupo D, de Centros de Educación de Personas Adultas (CEPA), con otros dos textos.

Para dar pie a la creación de los relatos, se facilitaron una selección de fotografías:

Entre los trabajos presentados fue elegido el relato de Isabel, alumna de 4º ESO del CC San Antonio, inspirado en la fotografía de las mujeres llorando sobre un ataúd en un cementerio de Bosnia-Herzegovina, realizada por Gervasio Sánchez. Aquí os dejamos su relato, el cual fue leído por ella en el acto público de entrega de premios realizado en el Ateneo de Santander.  

‘EL SINSENTIDO’ 

Las mujeres llegaron al campo al amanecer, cuando la niebla parecía amable. Nadie habló. El silencio era un idioma compartido, aprendido a golpes, listas y ausencias. Los ataúdes, alineados como una oración sin fin, esperaban nombres que ya no podían responder. Una anciana apoyó la frente en la madera y respiró como si aún quedara calor del otro lado. No lloraba; solo escuchaba.

Cada caja era una historia convertida en peso. El peso de un hijo que no volvió del bosque. El peso de un hermano que prometió regresar con pan. El peso de un padre que enseñó a contar estrellas para no tener miedo. Las manos recorrían la superficie rugosa buscando una señal, una grieta, cualquier prueba de que el mundo no se había roto del todo.

Alrededor, la multitud parecía un río en calma. Nadie empujaba, nadie corría. Había aprendido que la prisa no resucita. Un pañuelo cayó al suelo y nadie lo recogió; incluso los gestos pequeños necesitaban permiso. El aire olía a tierra removida y a tiempo perdido.

Cuando comenzaron las oraciones, algunas voces temblaron, otras no. La fe también se cansa. Una mujer joven cerró los ojos y susurró un nombre, solo uno, como si decir más fuera traición. Pensó que el genocidio no había terminado con la muerte, sino con el esfuerzo diario de recordar sin volverse piedra.

Al final, se marcharon despacio. Dejan flores, fotos y promesas inútiles. Bajo la tierra, los cuerpos descansaban. Sobre ella, el mundo tenía que aprender a cargar con lo ocurrido.

 

Más información:

https://escueladeescritores.com/concursos-literarios/decalogo-escribir-microcuentos/

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