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Nº 57
OPINIÓN / TEMA DEL MES
¡Silencio, rodamos!: 'Muerte de una mendiga'

Por Estefanía Gutiérrez. Alumna de Bachillerato del Colegio la Paz de Torrelavega.

Los titulares acerca de la violencia cometida por chicos jóvenes se suceden ante nuestros ojos como si fueran títulos de películas, estos thrillers violentos con los que hemos ido creciendo y que, desafortunadamente, ya no nos sorprenden.

Imágenes del vídeo de seguridad emitidas por TVE.

Son historias de chicos malos que maltratan y llegan a matar a sus parejas o ex parejas; compañeros de institutos que acosan a otros chicos hasta llevarles al suicidio; bandas o grupos organizados con sus propias leyes y unos ritos violentos para poder acceder a ser uno de ellos, preparados como si de un ejército se tratara, y siempre listos para atacar...
Y lo ultimo en nuestras pantallas, el apaleamiento y la quema de una mendiga en un cajero de Barcelona.

La historia de esta siniestra película podría empezar con el recuerdo de Charito, una niña pizpireta y bonita que destacaba por su belleza sobre las compañeras del colegio de monjas del barrio en el que cursó sus estudios primarios y el bachillerato superior. Hija de un modesto empleado de una fábrica de cerveza de León y de una maestra de escuela de Valladolid, María del Rosario fue para sus padres el símbolo del triunfo social, que les permitía ascender en la jerarquía social del barrio y dejar de ser los castellanos. María del Rosario se convirtió así poco a poco en una secretaria de lujo para directivos de alta empresa. Sus éxitos profesionales se sumaron al de su vida personal.

Todo llegó precipitadamente, quizá demasiado temprano, como aquel matrimonio del que nació su única hija. Para entonces vivía en un lujoso piso, a pocos metros de la humilde casa de sus padres. Fue en esos años dorados cuando María del Rosario empezó a deslizarse por el mundo de las drogas. La primera víctima fue su propio matrimonio. El divorcio significó para esta mujer la pérdida de su hija, que por decisión judicial quedó bajo la protección de su ex marido. Un viaje a Francia, donde le habían ofrecido un suculento contrato como secretaria de alta dirección, fue el último intento por prolongar la etapa de opulencia. Regresó a su barrio sumida en las drogas y acabó en la calle.
María del Rosario empezó su vida como indigente. Por las mañanas mendigaba en las tiendas, en los bares y en los mercados. Por la noche dormía al raso.
Una noche de diciembre del 2005, huyendo del frió María del Rosario acabó paradójicamente en un cajero automático de La Caixa, en el mismo lugar donde empezó su carrera profesional, ahí murió tras ser maltratada y quemada con disolvente por tres jóvenes de entre 16 y 18 años. Tenía 51 años.

Los tres jóvenes pertenecen a familias de clase acomodada de esta ciudad, entraron al cajero y golpearon e insultaron a María del Rosario refugiada ahí.
La acción violenta se realiza en dos secuencias: Los dos mayores agredieron en un primer momento a la indigente, quien después se encerró en el lugar. Más tarde, el menor llamó a la puerta como si fuera a extraer dinero y engaño a la mujer que le permitió la entrada sin reconocerlo como uno de sus agresores anteriores, fue entonces cuando le prendieron fuego tras rociarla con el disolvente que fueron a buscar. Al ver las llamas, unos transeúntes llamaron a la policía, esta pudo ver todo lo sucedido de esta terrible noche grabado por las cámaras de seguridad instaladas en el cajero y detener a estos tres chicos que actuaron movidos “con el único animo de divertirse”.

Este debería ser el escalofriante final de esta historia, sin embargo estos protagonistas son también los intérpretes de otras agresiones a las cuales se suman mas jóvenes que van agrediendo a otros mendigos y graban sus palizas. Después de las vejaciones de las que hacían objeto sobre todo mendigos e inmigrantes, estos chicos se pasaban las imágenes en un cibercafé mediante bluetooth.
Eran muchos los que habían visto imágenes registradas con teléfono móvil en las que se podía identificar a algunos chicos pegando, insultando o lanzando objetos a indigentes. El miedo a represalias y “las ganas de no meterse en problemas”, según algunos de ellos, provocaron que no fueran denunciados a la Policía; quien sabe si así se habría evitado la trágica muerte de María del Rosario.

La barbarie humana muestra aquí todo su rostro, qué será de nosotros y de este mundo de odio y demencia si nos acostumbramos a este tipo de actos como si de una película se tratase o de un video-juego que nos entretiene en vez de hacernos reaccionar pidiendo mayor justicia, para que pueda descansar en paz la desdichada que nunca hizo mal a nadie más que a sí misma. Esta educación social cree que la agresión a los indigentes forma parte del ocio de estos menores: “Para ellos es una manera de divertirse como otra cualquiera...”.
Sin embargo a todos nos corresponde luchar contra esta ola de violencia en vez de dejarla pasar ante nuestros ojos como espectadores pasivos antes de convertirnos en las próximas victimas.

 

Más información:

http://www.elmundo.es
http://www.periodistadigital.com

 


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