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Nº 133

CULTURA / GALERÍA DE ARTE
Maldita la hora

Por Eva Lázaro Lafuente, estudiante del CEPA Caligrama de Torrelavega.

Este texto surge del taller de 'Escritura creativa' impartido por la profesora Elba Viadero en el CEPA Caligrama de Torrelavega. La propuesta de escritura creativa era hablar de un conflicto ocasionado desde el desempeño de una profesión y el ejemplo propuesto era el de un conferenciante que tuviera fobia a hablar en público.

CEPA Caligrama.

 

Sentado en la oficina, Bruno levantó la vista para mirar el reloj digital de la pared. Las 22:37 h. Con un poco de suerte, el teléfono no sonaría ya hoy. A las 12 terminaba su tiempo de guardia. Llevaba trabajando allí tres meses, al poco de comenzar las clases en la Universidad. De la beca, si se la concedían este año, no vería ni un euro por lo menos hasta febrero y sus padres, desde que la empresa en la que trabajaban inició la regulación temporal de empleo, no podían permitirse mantenerlo en Salamanca, con el alojamiento y todo lo necesario para vivir allí, así que, si quería seguir estudiando fuera de casa, tenía que buscarse la vida.

Un amigo de su padre fue quien le hizo un hueco en esa oficina, media jornada, de 8 a 12 de la noche, el horario perfecto para ir a sus clases de Filología Clásica. Lo que no le habían dicho en un principio es que su labor no se iba a resumir en atender el teléfono, sino que iba a tener que ayudar en la realización de algunos servicios dentro de ese horario. Si lo llega a saber...

Estaba inmerso en la traducción de un texto de Cicerón sobre la amistad, desentrañando el párrafo "Cum illo vero quis neguet actum…" cuando, sobresaltado por el sonido del teléfono, el corazón le comenzó a palpitar a mil por hora. Logró contestar: "Martínez y hermanos, buenas noches... Sí, tomo nota... Descuide...¡Hasta pronto!".

Dejó sobre la mesa el teléfono humedecido de sudor. A cada aviso le pasaba lo mismo, las manos le comenzaban a traspirar como preludio de lo que le pasaría al resto de su cuerpo. Se secó los dedos, agarró de nuevo el móvil para avisar a su compañero de La Central y esperó a que llegase.

"¡Bruno! ¿Dónde estás?", dijo Berto a su llegada. "¡Espera, que estoy en el baño!". (Otra vez esa maldita descomposición cada vez que se imponía la perspectiva de realizar un servicio).
" ¡Joder, macho! No te acostumbras. Yo, después de 10 años en la empresa, ya ni me inmuto".

Perfectamente uniformados con un austero traje y corbata negra, cargaron en el coche el material y se dirigieron a la dirección indicada. Menos mal que era una casa de planta baja, un chalet adosado para más señas, porque subir a un piso con la carga siempre era complicado.

Un hombre con rostro serio les abrió la puerta: "Síganme, por favor".
La habitación olía a una extraña mezcla de desinfectante y puré de verduras. Bruno pensó que iba a vomitar cuando le vino una arcada, pero pudo aguantar el tipo.

Ahí sobre la cama, derrotado, macilento, estaba el muerto. Un muerto con muy mal aspecto. No es que Bruno esperara que los muertos fuesen agradables a la vista, es que este tenía muy mal color, un difunto muy, muy cadáver. El rostro verduzco, macilento, los brazos abandonados sobre la sábana, entre crispados y vencidos.
" A esto no me voy a acostumbrar nunca. En mala hora hice caso a mi padre, vaya plan…".
" ¡Dale, Bruno!", dijo Berto, arreándole un codazo en las costillas. "Muévete, que tenemos que pasarlo al ataúd".
" ¡Ya va, ya va! Alea jacta est…".
" Ya estoy aquí. Pero, pero... anda tú... ¡Alucinante! El anciano me está mirando. Sí, es seguro que me mira. Tiene los ojos cerrados, pero me mira a través de los párpados, a través de las gafas, de esas lentes inútiles, tan grotescamente innecesarias en su estado difunto. ¡Y además me habla!. Me dice: "Ten cuidado al vestirme, no me vayas a dejar caer y me vaya para el otro barrio con algún hueso roto. Mira que si hay reencarnación, a ver qué hago". Y se ríe ¡Yo alucino! El viejales se carcajea de mí en silencio. El viejo me vacila. Hay que ver...".

Bruno sigue con su propia película mental hasta que Berto le grita: "¡Venga! ¿Qué piensas, hombre? A ver si acabamos".
"Sí, sí... Ya está. Voy a cerrar la tapa".

Se asoma y el viejo sigue con lo suyo: "¡Eh, chaval! Ponme las gafas, hombre, que no voy a ver nada en el más allá. ¡Jajajaja!".
"Esto es el colmo", pensaba Bruno. "Vaya con el Matusalén, qué cachondo es".
"Pero, ¿qué me pasa por la mente? ¡Para, para la peli, Bruno! ¡Estoy volviéndome tarumba! ¡Ay, mamita! Aunque por si acaso...
"Espera un poco, Berto".
"Pero, ¿qué haces? ¿A qué viene ponerle las gafas al muerto, estás chalado o qué?".
"Tú deja, deja. Son asuntos míos...". Y le pareció que el viejo le sonreía.

Mientras salían en el coche con el ataúd rumbo al tanatorio, Bruno se iba diciendo una y mil veces: "De hoy no pasa. Si sigo aquí me vuelvo tarumba. Mañana mismo voy si pillo un curro en el Telepizza…".



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